¿Por qué nos enamoramos de una persona y no de otra?


El amor aparece de muchas formas dentro de nuestra vida: el amor paternal o maternal, el amor familiar, el amor romántico hacia alguien que admiramos, el amor hacia el prójimo y el amor religioso por Dios, por nombrar algunos.
Pero si nos referimos al amor sexual… ¿por qué nos enamoramos de “esa” persona y no de otra?



La teoría de la correspondencia

Parece ser que antes de que una persona se fije en otra ya ha construido un mapa mental, un molde completo de circuitos cerebrales que determinan lo que le hará enamorarse de una persona y no de otra.
Aunque nos atraen las personas con rasgos similares a los nuestros, tendemos a elegir el olor de aquellas que tienen un sistema inmunológico muy distinto. Y por un lado es una suerte porque esto evita que nos enamoremos de nuestros familiares.
Nuestra biología nos guía para encontrar un compromiso entre la igualdad y la diferencia y siempre encontramos el equilibrio perfecto, no sólo cuando elegimos las caras y los olores.
La llamada teoría de la correspondencia puede resumirse en la frase: "cada cual busca la pareja que cree merecer".
Los estudios demuestran que la primera vez que nos enamoramos, los niveles de serotonina se desploman y los centros de recompensa del cerebro se inundan de dopamina. El efecto es similar al de una droga altamente adictiva.
Esto crea un fuerte vínculo en nuestra mente entre el placer y el objeto de nuestro deseo, o sea, la otra persona.


El papel de la oxitocina

Según el experto en procesos cerebrales de la Universidad de Edimburgo, Gareth Leng, la hormona oxitocina ayuda a forjar lazos permanentes entre amantes tras la primera oleada de emoción. La hormona actúa cambiando las conexiones de los miles de millones de circuitos cerebrales.
Al explicar cómo se enamora el cerebro, Leng señala que por ejemplo, la oxitocina ayuda a afianzar el vínculo entre una madre y su bebé, ya que la madre produce grandes cantidades de esta hormona durante el parto… más o menos la misma cantidad que se produce en un orgasmo.
A nivel de pareja, la oxitocina se produce cuando las dos personas se tocan, se besan, se dan masajes y tienen relaciones sexuales. Es la hormona que nos hace depositar nuestra confianza en el otro, por tanto resulta indispensable para la unión.


¿El amor es ciego?

En el marco de una investigación sobre “la química del amor”, científicos de la Universidad College de Londres, se dedicaron a captar imágenes de cerebros de enamorados.
Ya hace tiempo que la ciencia ha descubierto que ante la visión del ser amado se activan determinadas zonas del cerebro, entre ellas el córtex anterior cingulado, que también responde al estímulo de drogas sintéticas produciendo sensaciones de euforia; pero lo sorprendente de este estudio es que además, las áreas encargadas de realizar juicios sociales y, por tanto, de someter al prójimo a valoración, se inactivaban.
De esta forma ante la persona que amamos bajamos la guardia o, por decirlo de otra manera, nos volvemos ciegos.


Cuando la pasión se termina

Pero estos procesos químicos no pueden prolongarse durante mucho tiempo, entre otras cosas porque moriríamos extenuados, y tras dos o tres años sus efectos desaparecen, sin dejar rastro.
Es entonces cuando nos enfrentamos a la dura realidad y sobrevienen las imperfecciones que antes no vimos.
Con el tiempo el organismo se va haciendo resistente a los efectos de estos procesos químicos y toda la vehemencia amorosa se desvanece gradualmente, la fase de fascinación no dura para siempre y comienza entonces una segunda fase que podemos llamar de pertenencia, dando paso a un amor más plácido y sosegado.
Se trata de un sentimiento de paz y comodidad.
Dicho estado está asociado a otro proceso químico en nuestro cerebro, en esta ocasión son las endorfinas (compuestos químicos naturales de estructura similar a la morfina) las que proporcionan una sensación común de seguridad, comenzando una nueva etapa, la del afecto.